“En una palabra: el hombre hace siempre lo que quiere y sin embargo lo hace necesariamente. Lo que se explica porque él es ya lo que quiere, pues de lo que él es se sigue, necesariamente, todo lo que pueda hacer”
Arthur Schopenhauer
De reciente presencia en nuestro país, el coaching flirtea con disciplinas que trabajan en el marco del desarrollo humano. Diferenciar la esencia del coaching de otras profesiones forma parte del discurso común que aprendemos al inicio de cualquier curso. Nos preguntamos si la esencia, la regla de oro que nos proporciona identidad y a la vez basamento sobre el principio del absoluto reconocimiento de la libertad del otro, pasa por considerar que todo coach debiera ejercitar su quehacer mediante la intervención no-directiva durante la praxis del coaching.
Para aquel lector que desee conocer ese primun mobile que empuja la redacción de este artículo, diré que soy deudor de la solicitud expresada por mi buen amigo y querido profesor Patricio, y con vergüenza también advierto al lector que se lo piense dos veces pues lo mío es de novicio.
Hijas de lo Contemporáneo, las ciencias sociales y empresariales han experimentado desde el último tercio del siglo pasado una eclosión de nuevos campos profesionales y disciplinas que se entremezclan, haciéndose común uso – entre ellas – del préstamos de ideas, metodologías y procedimientos, y de todo esto, el coaching, como nueva profesión no es ajena. En esta especie de maraña no es extraño que a la mayoría de los coaches les sea recurrente acudir a la célebre cita de John Whitmore , de aquello de que el coaching es más fácil practicarlo que explicarlo.
Cualquier cosa real merece que se la tome tal como ella es, por ello con respecto a aceptar – si fuera con el único propósito de diferenciar las principales corrientes, americana, ontológica y europea, cosa que aquí no nos ocupa –, sobre la necesaria conveniencia de acuñar el término de coaching no directivo al ejercicio de un coaching riguroso y alineado con los principios que las asociaciones internacionales de coach hacen gala, considero que conducen hacia un árido debate, y a la vez alimentan el vulgo de que los coaches dedicamos más tiempo a decir lo que no es, que lo que realmente es.
Se gesta entonces lo que de manera pertinaz nos ocurre a los humanos, tomemos las reflexiones de Wisser en su ensayo La visión de las «ideas» y la «verdad» de la verdad, quién señala que “cuando se ve y se oye lo que se hace y dice por ahí, salta a la vista que «la tremenda confusión de ideas en el mundo actual», comprobada de una forma u otra por muchos contemporáneos, es una característica no limitada en el tiempo ni en el espacio, que se remonta hasta el principio del mundo, o al menos hasta el principio del mundo tal como nos lo presenta la tradición judeo-cristiana”.
Podría ocurrir que a la hora de expresar lo que queremos significar con la acepción “directivo”, tropecemos con un arco iris de concepciones, sin llegar a un convenio sobre lo que se quiere expresar con ello. Algo similar ocurre con la palabra caos, según lo que se tome por caos, “esta palabra desencadenará el mencionado temor y turbación, o los lamentos y el crujir de dientes, o bien pondrá de manifiesto la necesidad de consenso y de esperanza”.
Por eso y de una parte, me inclino a pensar que es regla común entre los profesionales que ejercen como coach, la premisa de concebir a toda persona que requiere de los servicios de coaching desde la evidente existencia de libertad en cada uno de ellos, en cualquier caso nosotros somos acompañantes en un proceso basado en el respeto de la soberanía personal, sabedores de quién es consciente de su libre realización para conseguir aquello que anhela.
De otra, a pocos escapa lo comentado, entre otros, por Leo Ravier respecto a la proliferación de nuevas experiencias formativas de dudoso reconocimiento, amparadas en reclamos aderezados con garantía de éxito y triunfo, que ejercen sin pudor la defensa de una especie de verdad revelada, creo que éstos últimos son regulados al momento por la propia sociedad y que cada cual ocupa su sitio en los estantes del supermercado de los acompañantes, asesores, formadores, mentores, consejeros y orientadores y porqué no también los coaches.
Me adhiero a un primer principio de que los coaches debieran, en palabras del Critilo de Gracián, expresar el deseo de ‘conocer las propiedades de los hombres’. A manera de conclusión y por terciar en si directivo o no directivo, echo mano de nuevo de la aguda forma de concebir y entender del maestro aragonés, cuando en su obra “El Héroe”, escribe: “Aquí tendrás una no política, ni aun económica, sino una razón de estado de ti mismo, una brújula de marear a la excelencia un arte de ser ínclito con pocas reglas de dirección.”
Autor: Mariano Vidal Tornel
Publicado en: Coaching Magazine 11

























