Cambiar es morir. Es decirle adiós al Ser que ya no queremos ser…o que tal vez ya no podamos ser nunca más por los determinismos de una facticidad que nos presenta la vida.
Cuando un cliente nos plantea un cambio lo primero que visualizamos es una brecha entre el ahora y el después, y nos ponemos en acción para que esa persona llene ese espacio con una visión llena de sentido, con objetivos a corto, mediano y largo plazo, con estrategias de empowerment, con indicadores…
El morir, desde el paradigma dominante en occidente, está asociado a la expiración final del cuerpo físico. Al “nunca más”. Al final del camino. Al final de la vida. Sin embargo hay una dimensión inmaterial de la muerte que va asociada al hecho indefectible de “ tener que dejar de ser quien soy” para “poder ser otro”.
A los veintiocho años me diagnosticaron cáncer. La transparencia de vivir se quebró por un hecho fáctico que –al menos- en apariencia, yo nunca elegí. Toda mi Ser se estremeció. Mi corporalidad, mi mundo emocional, mi universo discursivo, mis mapas mentales. Me puse rígido. Exploté en ira e imploté en miedo a “dejar de ser”.
Estando tiempo después en pleno tratamiento médico, una mañana de abril, en el largo pasillo de aquel hospital me sobrecogí al “darme cuenta” que si bien recibía quimioterapia de acuerdo a un protocolo, algo de mí, algo más sutil que mi cuerpo físico ya estaba muerto. Recuerdo que me puse a llorar con el desconsuelo de un niño.
Autor: Javier Barbero
Publicado en: Coaching Magazine 11
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Morir






















