El vínculo entre el hombre y la función es un espacio que permite intervenir y transformar la tarea en desafío para ser ejecutada por elección. Allí la organización recibe un impulso que constituye su diferencia, una oferta única e irrepetible para hilvanar su visión desde cada puesto en un propósito común junto a su gente.
Pasa mucho que de tanto cumplir la tarea, de hacer bien su parte cada uno, de aplicar el proceso con debida diligencia, de tener todo tan claro, se fortalezca el reflejo de resolver lo mismo, y así se obtenga cierta maestría en repetir, y el precio sea que el interés por la novedad se entumezca, se postergue. Por otra parte, ¿a quién le molesta hacer bien lo mismo una y otra y otra vez, hasta llenar las arcas del desempeño con una curva sostenida de estándares eficientes? Con esa clase de resultados en el corto plazo es lógico dar una amable bienvenida a la monotonía y larga vida al proceso. Al mismo tiempo se tiene aprendido que nada dura, y con ello que la incertidumbre sostiene una vigilia voraz por consolidarse en el cambio permanente. Este dualismo entre durar y cambiar, de algún modo busca invocar el valor del equilibrio, de convivir con el riesgo, de incluir la pregunta, de mantener el alerta, de fomentar cada idea.
Autor: José Iriondo
Publicado en: Coaching Magazine 03
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Mayéutica organizacional: una disciplina de gestión






















