¿Cuántas veces, antes de conocer el coaching lo hemos hecho a algún familiar, conocido, amigo o compañero sin saber que estábamos haciendo coaching? Esto es lo que me pasó a mí a la hora de acercarme a este mundo.
No me sonó raro cuando oí la palabra por primera vez. Por aquel entonces, hace casi ocho años, vivía en Estados Unidos, ejerciendo de profesor en la Universidad de Alabama, estado sureño por antonomasia. El estado en si y la universidad en particular tienen una gran tradición de fútbol americano y un entrenador del equipo de la universidad llegó a tener repercusión nacional durante toda la década de los 80, por su forma de llevar al equipo hacia el campeonato de liga varios años consecutivos y su particular forma de vestir. Además, en la universidad americana, todo tipo de deportes y el estudio es algo que va de la mano, algo que siempre me llamó la atención: los entrenadores tienen casi más potestad que los padres de los alumnos para conseguir que se presenten a un examen (si no aprueban, no siguen en el equipo de la modalidad en la que estén y les quitan becas), que se les tenga que hacer el examen otro día (por competiciones) o simplemente controlando el progreso individual de cada alumno en todas sus clases “habituales” dentro de una carrera, por muy distintas que sean. Algunos de mis alumnos siempre se quejaban de que tenían un entrenador muy exigente en el deporte que hicieran, pero siempre terminaban diciendo que era estupendo en lo suyo y que conseguía maravillas con ellos, en sus participaciones individuales o con su equipo.
Coaching: Qué
Un día en particular vi en la televisión cómo alguien, que se presentaba coach, ofrecía una serie de cambios en tu vida si comprabas sus charlas y programas para ayudarte a enfrentarte a tus retos. Así los podrías conseguir más rápidamente y con más seguridad en ti mismo… El tipo era un gigante y tenía una voz de ultratumba que si no te imponía mucho, terminaba convenciéndote de todo. Es la magia de los anuncios publicitarios ahora llamados infocomerciales. Aquel tipo, llamado Anthony Robbins, podía cambiar tu estado de ánimo, hacerte sentir nuevo y ¡¡¡caminar por encima de brasas ardiendo!!!… Aquella imagen se me quedó grabada en la retina hasta el día de hoy. Mi espíritu crítico me decía que era una “americanada” más y que se hacía cualquier cosa para vender un cachivache. ¿Pero no había unas fiestas populares en España donde se camina sobre carbón al rojo vivo? ¿Quién había copiado a quién? ¿Y lo más importante: cuál era la técnica detrás de todo eso?
Al igual que me pasó cuando vi por primera vez a un ilusionista y me dije, “¿cómo lo hace? ¡yo quiero hacer lo mismo!”, después de ver el anuncio-cortometraje de promoción de Robbins, me dije: “yo quiero eso, quiero ser como él y ayudar a los demás de esa manera, quiero sentirme el eslabón que conecta necesidades de la gente con las soluciones, quiero ofrecer mejor calidad de vida y más satisfacción a los que me rodean para que puedan hacerme feliz con su felicidad”. No lo vi imposible en absoluto. Al fin y al cabo, ya era profesor con unas técnicas algo peculiares basadas en mis estudios teatrales, de improvisación y, sí, de magia e ilusionismo. Y ya había comprobado que podía hacer llegar información a los alumnos de forma que la asimilaran de una manera más sencilla y asequible. Así que, ¿de que modo podía hacer eso mismo aplicado a su vida y a mi vida?
Coaching: Cómo
Cuando le conté por teléfono el “paseo sobre el fuego” de Robbins, (como se llama originalmente), a una amiga íntima que vive en Londres, a la que le gustan los retos y el espíritu de superación de los humanos, se quedó más sorprendida que yo. Investigamos lo que prometía ese hombre y mi amiga consiguió entradas para ella y su marido para ver uno de los seminarios que Robbins iba a dar en Londres en dos semanas. A las tres semanas, tenía en mi e-mail una secuencia de fotos de mi amiga caminando sobre el fuego con una cara de felicidad como hacía tiempo no le había visto. Me contó que el cambio que notaba era espectacular, que todo lo tenemos en nuestro interior, que si puedes caminar sobre el fuego puedes hacer cualquier cosa en la vida y que todo el mundo debería hacerlo. ¿De qué secta le habían hecho?, me pregunté.
Evidentemente, Robbins no te explica que hay una razón física para que puedas caminar sobre el fuego: la corriente de aire que ejerces cuando bajas el pie con fuerza y lo estampas en los carbones hace que se cree una mínima película de aire que te protege de la combustión durante centésimas de segundo, por lo que si vuelves a subir el pie y das otro paso fuerte y enérgico, no te quemarás. Todo se basa en caminar rápido, casi sin apoyar el pie, sin mantener mucho tiempo el contacto en el suelo y por supuesto contando con tu mente, con la creencia de puedes hacerlo (si otros pueden, ¿por qué tú no?) y la energía que requieres. Como mucho, puedes sufrir un calentamiento de la piel –aliviado con unos extintores que tienen listos al final del recorrido, por si acaso- pero nunca una quemadura. Así que la magia no es tal. La magia física, por supuesto: el hecho requiere de técnica, sin duda. Según mi amiga, Robbins no te contaba el proceso de forma física en el seminario, sino que sustituía las explicaciones físicas por palabras como decisión, fuerza, empuje, energía, etc., y te hacía ver que tú eras capaz de hacerlo. El tipo conseguía desarrollar una atmósfera de positividad y de empatía que hacía maravillas y que te hacía replantearte las cosas de otra manera. Con lo cual, Robbins creaba una magia mental en tu interior capaz de somatizar el proceso físico de andar sobre el fuego y hacerlo tuyo sin pensarlo. ¡Más magia! ¡Eso era lo mío, seguro!
Al igual que cuando veo un juego de manos, de cartas o una gran ilusión, del tipo de las del mago David Copperfield, y al conocer la teoría de la prestidigitación y la magia, en cuanto disfruto la ilusión del número dedico unos minutos a averiguar cómo ha sido posible, en este caso particular me di cuenta que si quería llegar más allá y descubrir el gato encerrado, me faltaba conocer la teoría en la que se fundamentaba Robbins. Necesitaba saber cómo organizaba las ideas y qué era lo que contaba exactamente para producir un cambio de actitud tan brutal entre los asistentes a sus caros eventos. ¿Cómo lo hacía? Gracias a un fabuloso servicio de préstamos interbibliotecarios, conseguí los libros de Robbins, algunos videos e incluso CDs con sus charlas. Como buen orador americano, conseguía transmitirte todo con una simpleza absoluta y lleno de ejemplos y de historias anecdóticas para hacer más asimilable lo que te quería contar.
Así fue como llegaron a mí las palabras Programación Neuro Lingüística, la inteligencia emocional y el dominio de las emociones, los valores, etc., etc. Conocía los términos desde hacía tiempo, especialmente el de la PNL, cuando en un viaje de avión transoceánico a finales de los 90, la señora que se sentó a mi lado comenzó a explicarme a lo que se dedicaba y lo que se podía conseguir con la PNL. De la misma forma, el término IE ya había rebasado las previsiones editoriales y psicológicas de la sociedad del momento y estaba más que en boga. Pero de la misma forma que vemos las noticias, nos preocupamos por algo en particular y al instante lo olvidamos, no le volví a dar más importancia a todo aquello hasta ahora. El coaching de Robbins era motivacional, por encima de todo, y lo puse en práctica con mis alumnos al momento. El éxito fue superior al esperado.
De la misma forma, sin querer pensar que aquello era la panacea, me seguía planteando de dónde había salido la filosofía del coaching en sí. Cuando en otro video vi una sesión de coaching que Robbins realizaba nada menos que al tenista André Agassi, las conexiones aparecieron solas: coaching y tenis… ¿No había visto en algún sitio un título que tenía algo que ver? Sí, claro en una página sobre los orígenes del coaching en Internet sobre coaching. El libro era El juego interior del tenis (The inner game of tennis), de Timothy Gallwey. ¿Qué mejor que beber de sus fuentes? Así fue como conocí lo que llama Coaching Europeo (versus el americano, promovido por Thomas Leonard y explotado comercialmente al máximo por Robbins a nivel mundial).
Coaching: Cuándo
De ahí a matricularme hace un año en el master de coaching de Coaching Corporation, todo fue uno. Gracias a las clases magistrales de Leo Ravier y Ruth Yariv conocí además el Coaching Ontológico, desarrollado principalmente en Latinoamérica.
Gracias a ese master, experimenté el coaching en primera persona, siendo coachee de mis compañeros, especialmente dos de ellos. Recuerdo que en mis primeras sesiones como cliente, siempre pensaba que no tenía nada importante que resolver, que estaba un poco por encima del bien y del mal, que era más importante volcarme en los demás que en mí mismo, pero al instante comprendí que si no soy yo, no puedo darme. Ahí fue cuando empecé a caer al vacío del no saber nada y a la ilusión de descubrir todo de nuevo, a la sensación de tirarte en paracaídas gozando el estar suspendido de la nada y ser tan poderoso como para controlar el descenso tirando de una cuerda.
Mis coaches vivieron el desmoronamiento de las creencias que eran paredes mentales en el laberinto de la que creía caótica existencia. El laberinto dejó de existir cuando el coaching se convirtió en el mejor butrón de todos los tiempos. Gracias a mis coaches, volví a descubrir todas mis posibilidades que se escondían bajo creencias limitantes y que podía hacer aflorar con sólo regarlas. ¡Ahí estaba el truco!, que diría un ignorante del ilusionismo. ¡Todo está dentro de ti! (¿No era esa frase parecida a otro bestseller de la autoayuda?)
¿Realmente estaba todo tan interrelacionado? ¡Claro que sí! ¡Sólo hay formas distintas de ver las cosas! ¿Cuántos lados tiene una pirámide? ¿Cuántos ves cada vez que la miras? La magia del ilusionismo no está en el truco (más complicado o menos, mejor si es más sencillo), sino en el espejismo que provoca, vívido y real, en unas percepciones ópticas que te hacen creer que es real lo que no existe. El coaching en contrapartida es una realidad que te hace eliminar esas percepciones erróneas, borrar los trucos de nuestra mente para allanarnos el camino hacia lo que queremos, la verdad de las cosas y así ver la pirámide desde arriba. (¿Cuántos lados ves ahora?) Lo que me sigue fascinando del coaching es que no hay truco que valga porque todo se hace a pregunta descubierta, sin trampa ni cartón. Los clientes somos los verdaderos magos que, sin saberlo, en nuestro día a día, encubrimos la verdad para crear otra realidad sin ser conscientes de ello.
El coaching entonces es el video grabado que te permite ver tu actuación otra vez para darte cuenta de las cosas: es una linterna, un trampolín, un taburete, una venda desatada y quitada de nuestros ojos, unas gafas que te aclaran todo mucho más. Es decir, es un elemento supuestamente inerte que se activa en cuanto le damos al botón de la siguiente pregunta, el pasillo que nos permite llegar a despertar a esa tripulación dormida de uno de los muchos camarotes de nuestro cerebro para ponerse en marcha y ACTUAR en el sentido físico, para que accionen las palancas necesarias que lleven al movimiento de la marioneta de nuestro cuerpo.
Tan sencillo y tan oculto para la gente que no lo tiene registrado en su comportamiento. Tan claro y tan delante de nuestras narices como los secretos de las pinturas de Da Vinci.
Coaching: Para qué.
¿Mis razones para seguir en este campo? ¿Para seguir viviendo el coaching como cliente y como coach profesional? Muy sencillas: Para seguir siendo mejor y mejor y mejor. Para evolucionar. Para convertirme en lo que quiero ser y después de llegar a ese punto, seguir convirtiéndome en más cosas.
Gracias al coaching, descubrí que el interés y la curiosidad es algo innato en mi. Puedes tener algo innato pero si no lo pones en práctica, nunca lo conseguirás. El proceso que te acabo de contar para conocer mejor el mundo el coaching ha seguido las pautas más o menos de una sesión de coaching habitual: cuando has encontrado la solución y resuelto una cuita que te preocupaba, en el camino ha salido otra más que estaba oculta y que también merece atención. Por eso no hay que dejar de aprender y de podar esos pensamientos que nos frenan como bridas a los caballos. Por eso yo soy coaching y el coaching es yo.
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Gracias por dejarme contarte mi historia. ¿Quieres que escuche la tuya? ¡Así los dos avanzaremos!
Ángel F. Briones-Barco
Actor, Ilusionista, Formador, Escritor y futuro Coach
Articulo publicado en Coaching Magazine Nº6

























