
¿Sólo es necesario endurecer el carnet por punto para reducir los accidentes de tráfico? ¿Cómo nos podemos comportar al volante para prevenir accidentes de tráfico utilizando el coaching? Es decir, ¿cuándo vamos a asumir lo que nosotros podemos hacer al respecto sin dejar que nos impongan más reglas que el propio sentido común?
Ángel F. Briones-Barco
El carnet por puntos parece haberse convertido en un cierto éxito en la sociedad española, puesto que gracias a él se han reducido los accidentes y muertes en las carreteras. Aún así, las pegas no han tardado en surgir. De todas maneras, y haciendo caso a las estadísticas, los accidentes, en todos los países en los que se ha instaurado este sistema, han descendido hasta el 10% cada año. Haciendo un mínimo de historia, recordamos que tal sistema se implantó en el Reino Unido en 1982 y triunfó al conseguir que tal país europeo sea el que tenga menos muertos por millón de kilómetros recorridos.
A pesar de ello, a mediados del 2004, Sir John Whitmore, uno de los padres del concepto de coaching como lo entendemos hoy en día, revitalizó el debate de las muertes en carretera con dos artículos publicados en el Daily Telegraph. Whitmore escribe en ese diario una columna mensual dentro de su suplemento sobre automóviles, algo entendible de quien un día fue un consumado piloto de carreras. Desde aquí me gustaría agradecer a los compañeros de OlaCoach el hecho de haberme hecho llegar, por medio de Leo Ravier, la información sobre el segundo artículo que reproducimos aquí, traducido por quien esto escribe.
En el primer artículo, disponible en el archivo del periódico (“Road safety is no accident”), Sir Whitmore nos informa que el tráfico en carretera es el segundo asesino más grande del mundo después del virus del SIDA, y se pregunta qué es lo que se puede hacer para reducir tal fatalidad. Whitmore expone unos datos devastadores: “Con más de un millón de muertes al año y unos 50 millones de personas heridas, la seguridad en la carretera se ha convertido en un problema global de salud pública. Y a menos que se tome alguna acción, el número de muertes en carretera crecerá hasta diez millones en el año 2020, según la organización mundial de la salud y el Banco Mundial”. Además, el maestro de coaching nos recuerda que en la tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York murieron tres mil personas en un mismo día, algo que nos marcó a todos profundamente, y sin embargo, ese mismo número de personas mueren a diario en todo el mundo en accidentes de carretera. Y, por si fuera poco, en algunas partes de Asia, los accidentes de tráfico son la causa principal de la mortalidad infantil. Aunque en los países del Primer Mundo se suponga que en el año 2020 los accidentes de coches descenderán un 30% pero en los países subdesarrollados los accidentes aumentarán un 80% debido al uso incrementado de automóviles.
Whitmore está en lo cierto cuando dice que tal número de muertes nos hace inmunes al dolor y la emoción implicados en cada una. Teniendo en cuenta que la mayoría de los accidentes automovilísticos están causados por un error humano, se debe estipular entonces que tales incidentes son perfectamente evitables. Aparte de resaltar el hecho de que los fabricantes de coches pocos seguros y deficientes tienen mucho que decir al respecto, el maestro refuerza la idea de la responsabilidad del conductor. De ahí que explicara con más detalle sus ideas en el segundo artículo que aquí reproducimos completamente.
Aún así, y permitiéndome el lujo de comentarlo, en mi opinión personal dicho texto podría ahondar más en las habilidades específicas que debería adquirir todo conductor para convertirse en un conductor responsable imposible de provocar un accidente y capaz de evitarlo. A continuación, expondremos nuestras ideas al respecto apoyados en recientes estudios sobre la conducción agresiva, una causa de accidentes automovilísticos que aumenta considerablemente. Este sería un comportamiento específico que incluye más de la mitad de las razones dadas por Whitmore para no ser conductores modelo (distracción, cansancio, aburrimiento, frustración, la presión del tiempo, competitividad, inatención, ego, tensión, estrés, miedo, satisfacción personal o autocomplacencia).
Sabiendo, como Whitmore expone, que todos estos son estados mentales o emocionales, ¿qué puede hacer el coaching para abrir los ojos a conductores agresivos o quienes se estresen al volante? ¿Y qué pueden aportar los profesores de autoescuelas a sus alumnos, desde el punto de vista del coaching? En el caso de que tengamos un cliente afectado por el estrés que le provoca conducir, ante todo, se debería especificar qué es lo que le preocupa durante el mero hecho de la conducción, y, posteriormente, que sea capaz de analizar su actitud profundizando en su comportamiento. Como coaches, también es necesario que podamos reconocer las posibles fases en las que se encuentran esos clientes, con el objeto de facilitarles preguntas más clarificantes.
El doctor Leon James de la Universidad de Hawai, analizó en 2004 cinco categorías o zonas distintas de conducción agresiva. La primera sería la Zona Antipática. Un ejemplo de ella sería cerrar filas y no dejar que alguien se incorpore al carril por el que circulamos, puesto que estamos molestos o frustrados con esa situación. La Zona Hostil incluye el hecho de conducir pegado al vehículo de delante para presionar a su conductor y que vaya más rápido o que se quite de nuestro camino. La Zona Violenta aparece cuando no podemos aguantarnos más y comenzamos a hacer gestos obscenos al resto de conductores al no comportarse como queremos. Una Zona Menor de Caos surge al perseguir a otros coches porque nos han provocado o insultado. Y, finalmente, la Mayor Zona de Caos se produciría cuando la furia nos domina y somos capaces de salir del coche y golpear y apalear a otro conductor que nos haya molestado de cualquier forma.
No hay que olvidar el supuesto de que es absolutamente normal sentirse enfadado cuando algunos acontecimientos nos frustren en la carretera. Pero ¿cómo se debe de lidiar entonces con esas situaciones de una forma más efectiva? La respuesta más directa sería comportarse de forma diametralmente opuesta, algo que no necesariamente daría buen resultado, porque todo depende de la persona, y, además, no todos nuestros clientes tienen porqué ser tan directos.
¿Qué puede hacer entonces el conductor para reducir su estrés? Lo fundamental sería relajarse, así que ¿de qué forma se podría relajar el conductor? Dicen que la música amansa a las fieras… y más la música clásica. “¿Y si voy con el tiempo justo?” Definir qué es el “tiempo justo” sería lo siguiente. Normalmente, si todo consiste en ganar tiempo, todo puede ir en nuestro favor si recordamos que somos los dueños y señores de nuestro reloj despertador, por ejemplo.
La mayoría de la gente nos enfadamos en determinadas situaciones cuando algo o alguien nos hace peticiones vergonzosas, indignantes o incluso escandalosas. Nuestros cerebros están integrados para reaccionar con furia cuando nos frustramos o cuando cualquier obstáculo nos impide conseguir nuestros objetivos. La conducta que lleva a una conducción agresiva se debe, en parte, a un fallo del control interno de las emociones del individuo en lugares públicos.
Controlar nuestras emociones y, por lo tanto, nuestra conducta, es a menudo una manera de encontrar un camino para cambiar nuestra perspectiva o panorama de la situación. Frecuentemente, lo que nos decimos es algo tan automático que no nos damos cuenta de lo que estamos pensando, por lo que nuestros patrones mentales son los que nos hacen enfurecernos más o calmarnos cambiando cómo experimentamos aquello que nos esté frustrando.
Si lo que martillea al conductor es un diálogo interior, ¿qué se puede decir mentalmente para aliviarse? En caso de que decida hablarse interiormente de otra forma, ¿cómo va a influir eso en su conducción? Cambiar la forma de ver las cosas es fundamental. De hecho, ya sabemos que eso precisamente es en lo que consiste el coaching más puro: recordar que una pelota, por ejemplo, tiene como mínimo tres formas distintas de verse, obteniendo distintos puntos de vista.
Por ejemplo: ¿De qué nos vale enfadarnos y enojarnos si no podemos controlar lo que hacen otros conductores con respecto a nosotros? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué otras opciones tengo yo como conductor para comportarme o asumir lo que está pasando en la carretera de otra manera? ¿Qué le puede estar pasando a ese conductor que ha interrumpido nuestra conducción calmada? ¿Cuáles serán sus razones?
Al contestarnos a esas preguntas, y entrenándonos en el auto-coaching, conseguiremos unos beneficios inmediatos, como son aumentar nuestra tolerancia y entendimiento de las posibles razones del comportamiento del otro conductor que nos ha molestado, aparte de aclararnos el hecho de que
Y aparte de comprometernos internamente a hacernos esas preguntas internas, ¿qué pueden hacer los profesores de autoescuelas para enseñar esta simple técnica de coaching y de inteligencia emocional a sus alumnos? ¿Qué conseguiría un movimiento educacional al respecto? ¿Y cómo podemos comprobar todos nosotros su efectividad? Quizá habrá que esperar a que el coaching al volante se exija de forma oficial.
Gracias por tu lectura. Espero tus comentarios al respecto en abrionesbarco@gmail.com.
Autor: Ángel F. Briones-Barco
Ph.D. y coach personal, ejecutivo y organizacional. Especializado en la comunicación, los enfados y la ira, y la capacidad de recuperación y resistencia.
Articulo publicado en Coaching Magazine Nº 10


























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