Broncemia: el ego del Coach

Dice Echeverría “Las distinciones y competencias ontológicas son sin duda muy poderosas. Pero nada garantiza que este poder no pueda ser utilizado para maltratar, humillar o manipular a otros. Por desgracias, los ejemplos abundan. Hay muchos que, hablando jerga ontológica y haciendo uso de algunas de las distinciones y competencias que esta propuesta desarrolla, las utilizan para su propio engrandecimiento, para el lucimiento personal o para imponerle a los demás sus propios puntos de vista…”


Liliana Fernández Mateo

Cuando leí “El arte de soplar brasas”, de Leonardo Wolk, sentí la total identificación con la Coach que soy.

Siempre construyendo caminos junto a otros desde la ética de los valores, creciendo a la vez que haciendo crecer al otro desde el respeto, la confianza, la honestidad, el amor, la cooperación y el compromiso. Buscando que el otro como auténtico otro pueda desarrollar su manera de ser en el mundo.

Ese día martes, donde con algunos compañeros, tocamos el tema de la simetría que caracteriza al coaching ontológico, me hizo sentido tomarlo para ver juntos, la necesidad de que el coach sea un permanente observador de sí mismo y de sí mismo en relación a sus prácticas con el coachee.

Fue un tema que me retrotrajo a 2 sesiones de coaching que recibí en Buenos Aires en el 2001, habiendo ido a un Seminario de 2 fines de semanas con un profesional muy conocido que contaba con un equipo de coaches que coacheaban a los asistentes. Todos vestidos iguales, peinados iguales. Estaban “tan lejos” de lo que expresábamos los coachees, tan “subidos” al saber que consiguieron que todos los asistentes saliéramos muy defraudados de ese Seminario, desilusionados del coaching. Las preguntas y respuestas a nuestras palabras, venían como guiones escritos que daban cuenta de todos los quiebres que se pudieran explicitar. Por eso me parece importante, poder vernos en el ejercicio del rol, como los observadores que somos, con defectos y virtudes, trabajando sobre nuestros quiebres y desde ese lugar, contemplarnos desde la aceptación, el amor y la compasión, teniendo claro que el lugar del coach siempre debe ser re-pensado, aprendiendo de nuestros quiebres, para poder saltar a un espacio cualitativamente mejor, desde donde poder trabajar, generando contextos de posibilidad y protagonismo con el otro, viendo al otro como posibilidad. Siendo rigurosos con el compromiso que contrae nuestro coachee, pero amorosos con ellos.

Trabajar sobre distinciones tan importantes en la profesión como la omnipotencia, el narcisismo, la contratransferencia, sobre el ego del coach, que si no se trabajan nos llevan a este nuevo término que escuché y como no figura en ningún diccionario, le “encajé” la definición o hice asociación libre, o cómo quieras : broncemia: bronce, que brilla… el color del sol…el rey sol…y yo diría “no te la creas” porque es muy fácil creérsela… pero está en los valores que cada coach posee para que esto no ocurra y pueda manejar el tema del “poder” desde sus principios e integridad. Y creo que es ahí donde podemos diferenciar a un buen coach de uno no tan bueno, cuando puede manejar la simetría respecto del ser que tiene en frente…que es igual a él, tan único e impredecible.

Al coachear, alguien nos puso en un lugar de confianza y nos dio autoridad… nuestro coachee, quien nos declaró posibilidad y con él trabajaremos hablando desde el Compromiso, no desde el Saber, y digo esto porque en nuestra cultura (Ego) muchas veces al saber se lo confunde con poder: poder hacer que el otro vea lo que yo veo, que crea lo que yo creo, que haga lo que yo digo… y estaríamos hablando de bastardear esta maravillosa profesión de coaches.

Me viene a la cabeza lo que trabajo con la gente en la Formación de Coordinadores de Equipos de Trabajo, cuando traigo a Jacobo Moreno y hablo de la necesidad de elegir, si formando, queremos ser matriceros o artesanos: el matricero repite figuras, todas igualitas… el artesano crea y re-crea con sus manos piezas únicas, magníficas e inigualables… y eso creo que es el coaching… trabajar desde el amor con y por el otro, para poder hacer sentido del otro, comprenderlo, para generar sujetos únicos, protagonistas, autónomos, con capacidad de elección, que encuentren su manera de SER y que a su vez puedan ser posibilidad para otros, esos otros con los que convive y así crear una sociedad mejor. Poder pensar que con nuestras herramientas hacemos que el otro asuma el poder que está en él.

Ultimo regalito para pensar-nos y repensar- los….Cuando quieras conocer el significado de una palabra, no mires sólo dentro de ti.
Mira los usos de la misma en nuestro modo de vida y reconoce que cada uno puede interpretar cosas diferentes frente a ella.

Autor: Liliana Fernández Mateo
Coach organizacional , Formadora de Coaches, Psicóloga Social, Lic. en Pedagogía Social, Consultora, Gestora de Equipos de Alto Desempeño.

Articulo publicado en Coaching Magazine Nº9

1 Respuesta para “Broncemia: el ego del Coach”

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